A base de no hablar,
se me secará la memoria.
Y a falta del pensar,
se forman agujeros en mi mente,
por los que se escaparán
mis ideas, mis pensamientos;
volarán todos ellos
el día que sople de más el viento.
Con la vejez veré cómo desaparece
mi vida,
perdiendo mis recuerdos.
No quedarán más que cenizas
del fuego que una vez ardió dentro.
Y como las olas del mar,
que vienen y van,
ahora conservo mis días;
mañana ya no estarán.
Lo que perdone el tiempo,
lo devolverá la marea.
Lo que no, sin más,
un día se olvidará.
Fairy Oak
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sábado, 10 de enero de 2015
miércoles, 19 de febrero de 2014
Sick mind
Tengo fetiches extraños
y oscuros deseos
que aquí no voy a revelar.
Pero me pregunto:
Hago callar a mis divagaciones
Pienso que solo pienso tonterías
y hago como que me olvido de mis pensamientos.
Finjo que no sé nada para poder sobrevivir.
y oscuros deseos
que aquí no voy a revelar.
Pero me pregunto:
¿Y si en realidad vosotros ya lo sabéis todo sobre mí y lo disimuláis, regodeándoos en mi
ignorancia, riéndoos de mis ingenuas ideas sobre la vida? ¿Cómo podéis mirarme y fingir que
no sabéis nada cuando en realidad oís todos y cada uno de mis pensamientos y conocéis todos
mis secretos incluso mejor que yo misma? Siento que no puedo confiar en nadie porque todos
estáis confabulados contra mí. Siento que no importa cuanto diga o calle porque vosotros lo
intuis de antemano, lo leéis en mi mente, me...
Hago callar a mis divagaciones
Pienso que solo pienso tonterías
y hago como que me olvido de mis pensamientos.
Finjo que no sé nada para poder sobrevivir.
![]() |
| Imagen: Luc Viatour / www.Lucnix.be |
domingo, 12 de enero de 2014
Salir de aquí
He oído que existe algo ahí afuera.
Que existió una vez, en mí, no sé dónde.
No sé dónde pero sé que una vez estuvo fuera
y ahora está encerrado dentro.
Dentro de mí.
He oído que fuera todo es mucho mejor.
Dicen que antes todos éramos así,
éramos por fuera,
y que sabíamos,
sabíamos cosas que hoy no nos atreveríamos a saber.
Hace ya tiempo que lo busco.
Hace tiempo que me busco.
Hace tiempo que quiero salir
¡Salir de aquí!
¡Salir de mí!
Nos han dicho que es bueno ser así
escondernos de nosotros
porque somos peligrosos
¡Pero no es cierto!
¡Yo sé que antes fui de otra manera!
Nos han encerrado.
Nos han encerrado en nosotros mismos
Nosotros nos hemos encerrado y nos hemos escondido
de nosotros mismos, porque nos tenemos miedo.
Pero antes éramos así. Estoy seguro.
Hace tiempo que me busco por fuera
Hace tiempo que busco la llave
Hace tiempo que quiero salir de mí, de este engaño,
y encontrarme.
Aunque ellos me digan que es malo
que seré malo
y que acabaré acabando conmigo mismo.
No me importa, he de arriesgarme,
sentirme por una vez libre
sentir que no siento ya el control.
¿Está ya perdido todo?
¿Está ya perdido todo?
Sé que tengo que ser diferente,
sé que tengo que encontrarme
sé que tengo que encontrarme
Ayúdame.
Busca mi llave.
Búscame ahí afuera, por favor.
Ayúdame a salir de mí.
sábado, 4 de enero de 2014
Save me.
"Me decías cabecita loca
Por seguir mis sueños,
Por romper las olas.
Me defendía con mis alas rotas
Contra la corriente vuela, vuela mariposa.
Eras mi ángel de la guarda,
Sobrevolando mis horas bajas.
Eras la música del alba
La lluvia cuando estalla.
Sálvame, no me dejes caer
En la tristeza de las noches en vela
Sálvame y yo siempre seré
Tu amiga más fiel que dentro te lleva.
...
Seré la nieve al caer
Sobre el mar.
Sobre la tierra
Cuando el fuego te quema.
Sálvame... sálvame"
Cabecita loca, Amaral
martes, 31 de diciembre de 2013
Dentro de un poema de negro humo.
Me he ido fundiendo en un sueño del que no sé si podré salir.
La Realidad y la Ficción se han acercado hasta tal punto que ya no puedo diferenciarlas.
Sus voces ahora son una para mí y no sé si debo escucharlas.
Tengo miedo. Tengo frío. Quiero irme de aquí.
Ya no reconozco a quienes me rodean.
Incluso mi propia sombra es una extraña.
Mi pasado me atormenta. Mi futuro me amenaza. Mi presente se ahoga.
En este mundo de tinieblas en que yo misma me he encerrado
ya no sé quién soy, ya no tengo esperanzas.
En este mundo de tinieblas...
donde solo la Soledad me acompaña.
La Realidad y la Ficción se han acercado hasta tal punto que ya no puedo diferenciarlas.
Sus voces ahora son una para mí y no sé si debo escucharlas.
Tengo miedo. Tengo frío. Quiero irme de aquí.
Ya no reconozco a quienes me rodean.
Incluso mi propia sombra es una extraña.
Mi pasado me atormenta. Mi futuro me amenaza. Mi presente se ahoga.
En este mundo de tinieblas en que yo misma me he encerrado
ya no sé quién soy, ya no tengo esperanzas.
En este mundo de tinieblas...
donde solo la Soledad me acompaña.
martes, 10 de diciembre de 2013
Canción de Navidad
Camino con prisa por la Calle Central. Como era de esperar, está completamente abarrotada de gente. Son las seis menos veinte de la tarde y el cielo ya está oscureciéndose. Las luces navideñas se encienden, como si quisieran recordarme mi propósito. Han puesto unos altavoces por los que suenan unos villancicos muy estridentes. El centro comercial está prácticamente al final de la calle así que aún me queda un buen trecho por recorrer. Acelero el ritmo de mis pasos y el resto hacen lo propio, como si esto fuera a evitarnos las larguísimas colas en las que vamos a tener que esperar.
Voy tan deprisa que no veo la figura que está arrodillada en el suelo y por un milímetro no tropiezo con ella. Tengo que frenar en seco para no caerme. Miro el bulto que está en mi camino. Es una mujer que viste de forma andrajosa y cubre su cabello con un pañuelo rosa; una mendiga pidiendo que en cuanto ve que me he parado aprovecha para acercarse a mí, sin llegar a despegar sus rodillas del pavimento y tiende sus manos en mi dirección.
-Por favor, señora- me dice, en tono de súplica. Su acento es extranjero. Me aparto un poco pero aunque intento dejar de mirarla y seguir mi camino no puedo evitar cierta curiosidad. Ella se da cuenta de que sigo ahí y esperanzada vuelve a intentarlo. Levanta la vista hacia mí. Sus ojos están llorosos y su rostro muy sucio.
-Señora, por favor, necesito un poco dinero... mis hijos... se los llevarán sino tengo dinero... - habla de forma mecánica, como si se hubiera aprendido de memoria las palabras pero sus lágrimas parecen sinceras. Aunque está prácticamente a mis pies ha dejado un gran espacio entre ambas, como si estuviera acostumbrada al rechazo de la gente, a que se aparten de ella.
Noto que en mi pecho late un punzada de compasión y al segundo después reacciono y salgo casi corriendo, como alma que lleva el diablo. A mis espaldas vuelvo oír a la mujer, que repite una y otra vez su cantinela a los transeúntes "por favor, señor... por favor, señora... " Me da lástima pero unas pocas de mis monedas no van a ayudarla, ¿verdad? además esta gente tiene donde refugiarse, supongo. No creo que lo de sus hijos fuera cierto, tampoco. Y aunque lo fuera, hay personas encargándose de esta gente. No necesitan mendigar. Ni tampoco logran nada con unos céntimos.
Pronto dejo de escuchar la voz de la mendiga que queda tapada bajo el ruido de la calle y los villancicos que suenan por los altavoces. Enseguida dejo de pensar en ella y vuelvo a centrarme en mis compras.
Camino con prisa por la Calle Central. Como era de esperar, está completamente abarrotada de gente. Son las seis de la tarde y el cielo ya está oscuro. Las luces navideñas me recuerdan que tengo que llegar cuanto antes al centro comercial, o me quedaré sin los juguetes que mis hijos han pedido este año. Acelero el paso y el resto hace lo mismo, como si esto fuera a evitarnos las larguísimas colas en las que vamos a tener que esperar.
Voy tan deprisa que no veo la figura que está arrodillada en el suelo y por un milímetro no tropiezo con ella. Tengo que frenar en seco para no caerme. Miro el bulto que está en mi camino. Es una mujer que viste de forma andrajosa y cubre su cabello con un pañuelo rosa; una mendiga pidiendo que en cuanto ve que me he parado aprovecha para acercarse a mí, sin llegar a despegar sus rodillas del pavimento y tiende sus manos en mi dirección.
-Por favor, señora- me dice, en tono de súplica. Su acento es extranjero. Me aparto un poco pero aunque intento dejar de mirarla y seguir mi camino no puedo evitar cierta curiosidad. Ella se da cuenta de que sigo ahí y esperanzada vuelve a intentarlo. Levanta la vista hacia mí. Sus ojos están llorosos y su rostro muy sucio.
-Señora, por favor, necesito un poco dinero... mis hijos... se los llevarán sino tengo dinero... - habla de forma mecánica, como si se hubiera aprendido de memoria las palabras pero sus lágrimas parecen sinceras. Aunque está prácticamente a mis pies ha dejado un gran espacio entre ambas, como si estuviera acostumbrada al rechazo de la gente, a que se aparten de ella.
Noto que en mi pecho late un punzada de compasión y al segundo después reacciono y salgo casi corriendo, como alma que lleva el diablo. A mis espaldas vuelvo oír a la mujer, que repite una y otra vez su cantinela a los transeúntes "por favor, señor... por favor, señora... " Me da lástima pero unas pocas de mis monedas no van a ayudarla, ¿verdad? además esta gente tiene donde refugiarse, supongo. No creo que lo de sus hijos fuera cierto, tampoco. Y aunque lo fuera, hay personas encargándose de esta gente. No necesitan mendigar. Ni tampoco logran nada con unos céntimos.
Pronto dejo de escuchar la voz de la mendiga que queda tapada bajo el ruido de la calle y los villancicos que suenan por los altavoces. Enseguida dejo de pensar en ella y vuelvo a centrarme en mis compras.
Camino con prisa por la Calle Central. Como era de esperar, está completamente abarrotada de gente. Son las seis de la tarde y el cielo ya está oscuro. Las luces navideñas me recuerdan que tengo que llegar cuanto antes al centro comercial, o me quedaré sin los juguetes que mis hijos han pedido este año. Acelero el paso y el resto hace lo mismo, como si esto fuera a evitarnos las larguísimas colas en las que vamos a tener que esperar.
lunes, 18 de noviembre de 2013
En el silencio
A las afueras del
pueblo era más fácil darse cuenta de que la primavera había llegado. Las ruinas
de la antigua muralla se habían cubierto de verdes enredaderas. En el
cementerio, los pájaros revoloteaban por los pequeños árboles buscando algún
lugar donde construir sus nuevos nidos. El sol pegaba muy fuerte por la tarde y
los días se iban alargando perezosamente, como un oso que se estira después de
haber dormido durante varios meses.
En el pueblo, sin
embargo, aún era invierno. El frío se paseaba a sus anchas por las calles y te
atacaba sin compasión si te encontraba, era un frío penetrante, de esos que te
devoran la carne. Tal vez por eso la gente estaba tan desolada, y por eso sus
lágrimas no acababan nunca de secarse; no encontraban calor, por ninguna parte.
Es el tiempo de la
guerra, pensé, mientras avanzaba por un camino que pasaba entre el río y el
parque, tan vacío de niños y de risas que noté una punzada de aflicción en el
pecho, inundado por buenos y malos recuerdos. Pasarán años antes de que nadie
vuelva a jugar por aquí, si es que este lugar sobrevive.
Mis pies caminaban
sin yo saber muy bien a dónde, vagando arriba y abajo como llevaban haciendo
las últimas dos semanas. Lo hacía de
forma calmada, sin prisas, pero con un pequeño deje de histeria controlada. En
el fondo creo que quería huir, escapar muy lejos de allí para no volver nunca
aunque al final siempre regresábamos a casa, a regañadientes. Una huida muy
tranquila.
Bajé los ojos a la
tierra, que parecía más seca y polvorienta que nunca. Me concentré en escuchar
algo que no fuera el sonido de mis propias pisadas pero no había nada. El
silencio lo había cubierto todo, como un pesado manto que hubiese caído sobre
nosotros. Ni en el pueblo ni en las afueras se oía nada desde hacía mucho tiempo.
Los pájaros no cantaban, los perros y gatos no se peleaban, el río bajaba
callado (pues estaba casi seco). Incluso la gente lloraba en silencio.
Seguí andando
erráticamente. Al cabo de un largo rato, levanté la vista para ver hacia dónde
me dirigía. Descubrí a pocos metros de mí la cancela del cementerio que estaba
entreabierta, como invitándome a pasar. Junto a ella un anciano caminaba aún
más despacio que yo, alejándose muy lentamente del camposanto como si le
costara abandonar el lugar, como a regañadientes. Su rostro quedaba cubierto
por una visera un poco demasiado grande y vieja como él, la cual le protegía
del sol y de las miradas compasivas de los vecinos. Tardé unos segundos en
reconocerle. Era el padre de mi prometida.
Al fin, cuando solo
medio metro nos separaba al uno del otro, nuestras miradas se cruzaron. Su
expresión era incluso más inexpresiva de lo habitual pero me pareció notar un
brillo de reconocimiento en sus ojos. Eso fue lo único. Yo incliné la cabeza en
su dirección a modo de saludo pero no podría asegurar que él se hubiera dado
cuenta del gesto. Cada día que pasaba, por lo que podía yo notar, se encerraba
más y más en sí mismo.
Entré en el
cementerio. Las mariposas bailaban sobre las lápidas, cubiertas de flores
frescas que daban un toque de color sobre el gris plomizo y blanco de las
tumbas. Los rayos del sol hacían relucir las letras de bronce que alguien había
frotado hasta sacar brillo. El ambiente era algo distinto aquí. Tal vez fuera
por las voces humanas que llegaban hasta mis oídos en forma de susurros.
Paradójicamente, el hogar de los muertos era el lugar más vivo por aquellos
tiempos.
Las familias ahora
vivían alrededor de sus tumbas. No hablaban entre ellos pero sí con sus seres
queridos, con aquellos que ya no podían escucharlos. Si pudieran, pensé con
amargura, decididamente no descansarían en paz. Bienaventurados los que ahora
están bajo tierra.
Al fin dejé de
caminar, de dar vueltas por el pacífico laberinto. De pronto estaba agotado,
cansado como nunca antes lo había estado. Me sentía como si hubiera envejecido
veinte o treinta años de golpe. Tal vez era así, de alguna manera. Me senté
sobre un trozo de lápida rota y mis rodillas lo agradecieron. Levanté la vista,
el sitio me resultaba familiar. Miré la tumba que había enfrente de mí y la
reconocí sin necesidad de leer el nombre sobre la piedra blanca: era la de mi
hermano.
Los murmullos se
habían apagado. Las mariposas no revoloteaban. La lápida de mi hermano era de
las pocas que no tenía flores. Pensé en robar alguna para tapar su fría
desnudez pero no lo hice. Pasó un buen rato en el que permanecí en silencio.
Sin embargo, mi mente no lo lograba.
-Eres un cabrón con
suerte- le dije, finalmente. Al fin y al cabo no me parecía justo. Los dos
habíamos crecido juntos, compartido tantos juegos, risas y secretos. Los dos
inseparables, los dos invencibles. Pero ahora él me había tomado la delantera.
Él y mi futura esposa, como si quisieran burlarse se habían ido, abandonándome a mi suerte ante una vida
que nunca sería tal. Refugiándose en el olvido.
Ojalá pudiera haber tenido tu suerte. Ojalá fuese yo quien
estuviese ahí debajo, ajeno a los susurros y al mundo. Ojalá…
Me cubrí el rostro con ambas manos y, en silencio, comencé a llorar.
miércoles, 12 de diciembre de 2012
Sangre, piel y huesos
No
en vano somos todos
corazones humanos.
Y al fin y al cabo sentimos,
y padecemos también.
Y por qué dudar de la existencia del amor.
Acaso dudamos de la existencia del odio.
Y como estamos vivos
y respiramos
cometemos errores,
tenemos sentimientos también.
Admitamos pues las emociones.
Como el amor, la venganza,
como el odio, el perdón.
Consumamos ya la sangre
de este viejo corazón
viernes, 12 de octubre de 2012
The Graveyard
Bueno, hoy os dejo un pequeño relato (no tan pequeño como quisiera solo espero que no sea demasiado pesado) que he escrito inspirándome en los relatos de un amigo mío, cuyo blog se llama Crazzy Writers, no sé cómo se hará llamar ahora. Más o menos él es el protagonista de la historia, o más bien un personaje que se le parece bastante. No obstante eso no significa que no lo pueda leer cualquier persona y dar su opinión.
THE GRAVEYARD (El cementerio)
Cerré la puerta del aula haciendo el máximo ruido posible. Nadie me hizo caso, como era mi intención. Ni una sola vista se alzó, ni el profesor se dio la vuelta desde lo alto de la tarima. Siguió escribiendo interminables fórmulas en la pizarra, como si nada.
De mal humor me encaminé a la última fila de pupitres que estaba totalmente vacía.
Me senté en el asiento más alejado del profesor de toda la clase (si no me iba a prestar atención, desde luego que yo a él tampoco), dejé mi mochila en el suelo y saqué un cuaderno al azar. Ni siquiera sabía en qué asignatura me encontraba. Prefería centrarme en mis propios asuntos, que no eran pocos.
Llevaba semanas sin poder apenas dormir. ¿Por qué? No hubiera podido decirlo. Morfeo, ese dios escurridizo del sueño, se escapaba de mi control más de lo acostumbrado. Mis ojeras, el doble de acusadas debido a la palidez de mi piel, me hacían parecer más un cadáver que un universitario medio aplicado en sus estudios.
Las voces de mis compañeros llegaban distorsionadas a mi cerebro. Sin saber muy bien qué hacer, abrí mi cuaderno en una página nueva y empecé a garabatear sin ton ni son. Dibujaba sin pensar. Al cabo de un rato, después de deslizar el lápiz por el papel sin vacilar ni detenerme ni una sola vez, me atreví a mirar el resultado. Normalmente mis creaciones eran reconocibles. Carrocería, motores, que dibujaba de memoria. A veces personas, otras, paisajes. En esta ocasión no me reconocía a mí mismo en el dibujo. Parecía una escultura, con forma de mujer, tal vez, al lado de unos montículos o algo similar, era demasiado inconsistente como para asegurarlo.
Pensé en escribir un relato relacionado con mi propio dibujo. Pensé en prestar atención al profesor. No hice ninguna de las dos. Con parsimonia y un deje de chulería, guardé mi cuaderno, cogí mi mochila y abandoné el aula, de nuevo haciendo mucho ruido al cerrar la puerta detrás de mí. Pero nadie se enteró. Mientras bajaba las escaleras, oí en el fondo de mi cabeza la acostumbrada voz que me reprendía por mis actos: “¿Se puede saber que haces?” decía “No vas precisamente bien en tu carrera como para pirarte una clase de física sin más”pero no le hice mucho caso. Así que era una clase de física. Interesante. Era bueno saber que al menos una parte de mí se enteraba de las cosas.
Al salir del viejo edificio una ráfaga de viento helado me golpeó la cara pero no me molestó, casi al contrario. Apenas había empezado a andar cuando me hundí un par de centímetros en el barro. Había estado lloviendo y el aparcamiento parecía ahora un pantano. Genial. “¿A quién se le ocurrió la maravillosa idea de construir la facultad al lado de un viejo cementerio?” me pregunté en voz alta. Me acordé de mi extraño dibujo. La escultura que parecía una mujer… ¿era una de esas estatuas que cuidan de las tumbas?
Al fin encontré mi coche que aguardaba mi llegada para volver a casa. Ya iba a abrir la puerta del conductor cuando vi, a duras penas debido a la oscuridad, que alguien había escrito algo en el vaho del cristal de la luna delantera. Lo alumbré con la luz de mi móvil y leí el mensaje, que ya se desvanecía
“¡CUIDADO!”
¿Quién habría sido el gracioso? La luz del teléfono se apagó, por falta de batería. La oscuridad en el parking volvía a ser casi total pues no había más que dos farolas, ambas estropeadas. De pronto vi, a pocos metros de mí, una figura que me observaba.
“Debe ser alguien de clase” me acerqué para decirle cuatro cosas por atreverse a hacer el idiota con mi coche. No estaba de humor para tonterías. Ni aún a dos pasos de la figura logré reconocerla pues mis ojos se resistían a acostumbrarse a la penumbra sin embargo, adiviné que era una chica. Distinguí su cabello largo y su mirada que se había clavado en mis ojos. Los suyos eran color miel, casi anaranjados. Desprendían misterio y frío, a pesar de ser de un tono cálido. Estaba seguro de no conocerla, ni recordaba haberla visto por la facultad… ¿o sí?
“¿Te conozco?” ella se acercó a mí lentamente sin despegar sus pupilas de las mías.
“¿Me conoces?” alargó su brazo derecho, que por cierto estaba desnudo a pesar de que había 5 grados, y toco suavemente mi hombro. Acercó su cabeza para hablarme al oído. Mi respiración empezaba a acelerarse. “Llevas semanas soñando conmigo. Por mi culpa llevas mucho tiempo sin dormir. ¿Y aún me preguntas si me conoces?”
En mi mente sonaba de forma frenética la voz de la conciencia pero no la quería escuchar. Ella ahora me abrazaba y aunque no podía pensar con claridad me di cuenta de que su cuerpo estaba desnudo de cintura para arriba. Ya no notaba el frío en absoluto.
“Tienes que llevarme contigo” me susurraba “vámonos lejos, muy lejos de aquí” no podía más que abrazarla y notaba su piel que desprendía calor, la notaba demasiado bien. Iba a perder el control. La voz en mi mente aún sonaba muy de lejos la voz. Haciendo un esfuerzo sobrehumano escuché lo que decía:
“¡CUIDADOCUIDADOCUIDADOCUIDADO..”
La criatura que me estrechaba estaba temblando pero yo había sido advertido del peligro, no me engañaba.
“Ven, te llevaré conmigo” nos encaminamos a mi coche y cuando abrí la puerta delantera, le di a ella un fuerte empujón, cerré y arranqué más deprisa de lo que jamás hubiera podido. Gracias a Dios no me fallaron ni los nervios ni el motor” Mientras me alejaba, pude ver en el retrovisor una columna de humo desvaneciéndose en el aparcamiento.
Ya en casa, recuperado casi de la extraña aventura (¿o tal vez solo una imaginación producida por la falta de sueño?) miré de nuevo el dibujo que había hecho en clase y que había cambiado. La figura dibujada tenía ahora unos rasgos que me eran demasiado familiares: Cabello largo, ojos anaranjados, a su alrededor varias tumbas desgastadas por el paso de los años.
Cuando me fui a desvestir, para irme a la cama, encontré que mi pecho estaba marcado por graves quemaduras, una en cada lugar donde la extraña criatura había rozado mi piel.
Al día siguiente busqué en internet "mujeres de los cementerios". Encontré una leyenda que hablabla de espectros y demonios que se hacían pasar por estatuas que velaban a los muertos. Una vez que se ocultaban de esta manera, quedaban encadenadas a los cementerios que habitaban hasta que conseguían hacerse con un alma mortal y la arrastraban al interior de la tierra después absorber su aliento hasta asesinar al desafortunado.
lunes, 3 de septiembre de 2012
Ama los descansos.
Los excesos de la locura
me condujeron a un estado de
inestabilidad
basado en un ajedrezado de sentimientos.
Y en mis coloquios con las posibilidades,
tratando de alejarme de la Muerte
y solo logrando acercarme
cada día más, indiferente,
rozar sus labios de infinita amargura,
notarlos fríos pero a la vez cálidos;
con el calor del infinito descanso
y la extinción de los recuerdos.
miércoles, 23 de mayo de 2012
Burlesque
En la
media sombra de una mala noche
Me refugio
en antros de dudosa moral pagana
Mira a
las reinas del burlesque moverse
Esas perras
harán que mi noche acabe mal
Me sumergiré
en las entrañas del vicio
Y cuando
esté allí dentro no querré volver a salir.
Miras
esas tiras sucias de viejos corsets
Todo el
alcohol que ya corre por mis venas,
La locura
ya no desea permanecer oculta
La desesperación
ya no tiene más alternativa
Mira esas
bailarinas de cabaret,
Mira sus
medias rajadas a cuchillo,
Míralas
tan asustadas,
ellas
no tienen a nadie
yo
ahora tampoco.
Y esa
música que corrompe mis deseos
Qué
otra cosa puede hacer un loco.
Y esos
acordeones, ese piano,
El humo
flotando, los pulmones sufriendo;
Los ojos
llorosos, el corazón aplastado;
No pude
hacer otra cosa, lo siento
No había remedio y el alma me indujo a pecado;
Y no
digo que me arrepiento
Y el
local quedaba desierto,
Manchas
de sangre en el suelo
Y esas
perras siguen bailando
Y bailan
y bailan y bailan
Y bailan
viernes, 4 de mayo de 2012
Pequeño aunque peculiar relato.
Al lector que desee disfrutar del relato, no lea el mensaje en color púrpura del final hasta haber acabado el relato escrito que presento a continuación. ¿Qué hará ahora que sabe esto? ¿Leerlo antes... o no?
SUR-REA-LISM
Miré
a mi alrededor sin saber dónde me encontraba. No recordaba cómo había llegado
hasta allí. Tampoco recordaba haber estado nunca en un lugar semejante.
Poco
a poco mis pupilas se habían acostumbrado a la penumbra, observé en silencio la
estancia en la que me encontraba. Solo veía mesas y sillas de todos los tamaños
y formas a mi alrededor. Una superficie horizontal enfrente de mí. Parecía la
barra de un bar. ¿Lo era?
Tras
la barra, numerosos estantes llenos de botellas medio vacías, botes de pintura,
viejos relojes y otros cachivaches. Una espesa, aunque fina, nube de humo gris
sobre mi cabeza. Música de jazz alegre de fondo, suave, relajante. Sin duda, un
bar. Un bar vacío. Pero no me resultaba familiar. ¿Sería la amnesia
consecuencia del alcoholismo? Pero tampoco recordaba haberme emborrachado
jamás. El alcohol me provoca náuseas y ganas de vomitar…
-Eh,
chaval- La voz me sacó de mis pensamientos y me obligó a levantar la mirada de
la barra.-chaval-repitió- Oye, ¿vas a tomar algo o qué?
La
voz provenía de detrás de la barra. El hombre me miraba entre molesto y
cansado.
-Sí,
claro. Supongo que sí.
-Pues
tú dirás- replicó, manteniendo el tono de fastidio. Miré su rostro atentamente,
algo no me cuadraba pero ¿el qué? Orejas grandes, colmillos curvados, nariz
alargada… Me sugería algo pero no lograba acertar qué me recordaba.
-Bueno,
póngame un refresco de cereza- Suspiré.
-
Cereza, ¿eh? ¿No preferirías una buena copa de Gala?
-
Gracias, pero no tomo alcohol.
-Como
quieras- dijo, y se dio media vuelta para buscar alguna botella, mientras
refunfuñaba.
Mientras
escuchaba el jazz, permanecí impasible y neutro mirando al frente. De repente,
mis ojos se centraron en uno de los relojes de los estantes. Lo observé largo y
tendido. No se estaba quieto. Estaba… en movimiento. Se doblaba. Se estremecía.
Se retorcía.
Me
fijé mejor en el estante. Todos los relojes se comportaban igual. Se movían. Se
doblaban. Se estremecían. Se retorcían. Una y otra vez…
-Eh,
oye- De nuevo la voz me despertó de la ensoñación.-Estamos espesos hoy, eh- El
encargado me había servido ya y estaba esperando a que yo reaccionara, con el
ceño fruncido.
-Deje
en paz al muchacho- La nueva voz venía de mi lado derecho. Era un parroquiano
que bebía lo que parecía ser una jarra de cerveza. No le había visto antes,
pero llevaba ahí desde antes que yo, ¿no?-El chaval estaba observando los
relojes, ¿no es así?
-Eh…
sí, así es. Era, quiero decir.- El encargado volvió a lo suyo. El jazz fue
desvaneciéndose y dio paso a una melodía melancólica, tal vez violines.
-Unos
relojes peculiares, ¿no le parece?
-¿Cómo?
-Los
relojes, muchacho, los relojes. Sin duda, la memoria que persiste es la que
causa estos estragos.
-Sí,
claro, sin duda…- una brisa de olor agrio me golpeó la cara. Observé a mi
interlocutor. Era curioso, pero su aspecto sí me recordaba en cierta manera
peculiar, aunque estaba seguro de no conocerle en absoluto. Su apariencia no
era fuera de lo común, ¿o sí? Abdomen blando, cabeza de múltiples ojos pequeños
y brillantes, antenas delgadas y sombrero de copa.
-¿Cuántos
sueños cree usted que puede albergar una única carpa dentro de una granada?
-¿Cómo?
-Bueno,
ya sabe, la conversación estaba un poco parada y el silencio me causa cierto
malestar que…
-Disculpe,
me distraigo con facilidad.
-Ya…
¿No será usted alcohólico por casualidad?-El tono en que hizo la pregunta me
dio a entender que estaba muy molesto de repente.
-No,
todo lo contrario. El alcohol me da arcadas.- El individuo pareció relajarse.
-Muy
bien, muy bien. Es que yo soy médico, ¿sabe? Me tomo estas cosas muy en serio.
-¿Es
usted médico?
-Desde
luego, y de los mejores; me atrevería a decir. ¿No se ha fijado usted en mi
sombrero? Los detalles son los detalles.
-Sin
duda…- Nuevamente permanecimos un buen rato en silencio. Ya no se oía música de
ninguna clase. De vez en cuando, escuchaba algo así como maullidos de gato
lejanos. O tal vez fuesen grillos cantando.
Nuevamente, mi acompañante de barra
tuvo que romper el hielo.
-
¿Y no bebe usted, de todas formas, una copita de Gala? No tiene nada de
alcohol, se lo aseguro. Puedo convidarle si lo desea. A ella le gustaría.
-¿Ella?
-Gala.
La dueña de este bar.
-
Pero yo creía…
-¡Pero
se equivocaba!- Me interrumpió riéndose estrepitosamente- Es usted más equívoco
que los largos y retorcidos bigotes de un relojero totalmente chalado. Pero
mire, por allí se acerca ella. La más hermosa que pueda encontrar, se lo
aseguro.
Chalado,
desquiciado. Por las escaleras que hasta ese momento no había visto descendía
elegantemente una dama que llegó hasta nosotros y nos sonrió con la mirada.
Médico y camarero se pusieron a charlar despreocupadamente de todo y de nada,
sobretodo de nada, ignorándonos por completo.
-Buenas
noches, señorita.- Saludé muy cortésmente. Ella se limitó a inclinar la cabeza.
Era algo más alta que yo. La música había regresado. Sonaba algo histérica y
agobiante, pero yo solo tenía oídos para el silencio de Gala. No había ningún
olor que pudiera percibir. Solo a ella la percibía. No hacía ni cinco segundos
que la conocía y ya lo deseaba todo de ella. La deseaba.
Charlamos
durante minutos que se me hicieron horas. Los relojes ahora estaban quietos y
poco a poco, se derretían como la mantequilla al sol. Pero yo solo tenía ojos
para ella. Era tan elegante, tan bella, tan sutil… No podía apartar la mirada
ni aunque quisiera.
Bebí
numerosas copas de Gala y me emborraché sin necesidad de probar una gota de
alcohol. El parroquiano y su interlocutor nos observaban de reojo divertidos.
En un momento determinado, nos hicieron una seña con la cabeza en dirección a
la escalera. Sin pensarlo subimos, agarrados, peldaño a peldaño, y penetramos
en un pasillo oscuro y frío. Me dirigió a una puerta, tras la cual se encontraba
un cuarto pequeño, algo insulso, sin muchos muebles, pero más cálido que el
resto del establecimiento.
Gala
me tumbó en una enorme cama. Era tan grande que casi ocupaba toda la estancia,
una cama de matrimonio confortable. Sabíamos lo que queríamos cada uno del
otro. Deseaba reposar con ella. Su belleza. Su tez verdosa, su figura esbelta, sus
colmillos, sus patas largas y afiladas, su mirada de vidrieras negras…
definitivamente: Ella.
Gala,
Gala. Repetía su nombre de forma pasional una y otra vez mientras ella me
desnudaba y me besaba con lentitud y maña.
Continué
repitiendo su nombre mientras ella me devoraba. Sencillamente, lenta, pausada y
fríamente, con sus fauces arrancaba pedazos de mi cuerpo y, poco a poco, me
devoraba.
Se
movían. Se doblaban. Se estremecían. Se retorcían. Una y otra vez…
De
fondo, a lo lejos, volvía a sonar una alegre, suave pero agradable, melodía de
jazz.
Como el lector habrá podido observar, si tiene conocimientos más o menos básicos de literatura y arte, en este relato me he inspirado en los artistas Kafka y Dalí, logrando una historia algo surrealista y kafkiana, probablemente incluso levemente perturbadora. Espero que captéis todos los pequeños detalles y referencias, y que disfrutéis con su lectura (o no).
Mención especial a Lu, ya que gracias a su concurso literario me animé a acabar este relato que llevaba tiempo queriendo escribir aunque me temo que no he llegado a tiempo para presentarlo en su concurso porque a mí me lleva mucho tiempo acabar mis "obras", soy un tanto vaga (demasiado) y dejada para la cosa de escribir. Por eso mis relatos y poemas suelen ser más bien cortos jejejeje...
¡Gracias, Lu! Espero que te guste ;)
jueves, 3 de mayo de 2012
Rutina
Velas,
poesía,
cenizas
de cada día;
Una niebla
extraña
todas las
mañanas.
Incómodas
miradas
al espejo,
de madrugada
Despertar
con un sobresalto
intentando
no perder el contacto
con los
sueños que me asolaban.
Todo
es tan bizarro.
Malestar
en el desayuno
sabe bien
en mis tostadas
Ya no
miro por la ventana
ya sé
lo que me espera
un gato
me observa desde fuera
Es el
minino de las rutinas
Es el
tedio de las mañanas
Es lo
mismo día tras día
Es una
débil y gris llovizna
que apuñala
el corazón, que lo roe,
lo convierte
en trizas; Día tras día,
día tras
día,
día tras
día…
Imagen hecha a partir de dos fotos encontradas en Google images
jueves, 26 de abril de 2012
Entre sombras y reflejos
Pequeñas láminas
de hielo resbalan
por las colinas que son tus mejillas.
por las colinas que son tus mejillas.
Fría
distancia entre mente y corazón.
Morir de
desesperación
solo un poco cada día.
solo un poco cada día.
Renacer cada
mañana de nuevo.
Deshacer
pensamientos para trenzar palabras
que nunca dijiste.
que nunca dijiste.
Derramar
granos de arena
dentro de una prisión de cristal.
dentro de una prisión de cristal.
Dejar pasar
el tiempo…
Que son las
cosas del malestar,
que son las
cosas del malquerer,
que es la
nostalgia por otros tiempos,
que son las
intrigas por los sentimientos.
“No es el
corazón lo que mata a los hombres,
Sino que son los
recuerdos”.
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