Fairy Oak

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sábado, 10 de enero de 2015

Como viene, se va

A base de no hablar, 
se me secará la memoria.
Y a falta del pensar,
se forman agujeros en mi mente,
por los que se escaparán
mis ideas, mis pensamientos;
volarán todos ellos
el día que sople de más el viento.

Con la vejez veré cómo desaparece
mi vida,
perdiendo mis recuerdos.
No quedarán más que cenizas
del fuego que una vez ardió dentro.

Y como las olas del mar,
que vienen y van, 
ahora conservo mis días; 
mañana ya no estarán.

Lo que perdone el tiempo, 
lo devolverá la marea.
Lo que no, sin más, 
un día se olvidará.

miércoles, 19 de febrero de 2014

Sick mind

Tengo fetiches extraños

y oscuros deseos 

que aquí no voy a revelar.

Pero me pregunto:


¿Y si en realidad vosotros ya lo sabéis todo sobre mí y lo disimuláis, regodeándoos en mi 

ignorancia, riéndoos de mis ingenuas ideas sobre la vida? ¿Cómo podéis mirarme y fingir que 

no sabéis nada cuando en realidad oís todos y cada uno de mis pensamientos y conocéis todos 

mis secretos incluso mejor que yo misma? Siento que no puedo confiar en nadie porque todos 

estáis confabulados contra mí. Siento que no importa cuanto diga o calle porque vosotros lo 

intuis de antemano, lo leéis en mi mente, me...

Hago callar a  mis divagaciones

Pienso que solo pienso tonterías 

y hago como que me olvido de mis pensamientos.

Finjo que no sé nada para poder sobrevivir.

Imagen: Luc Viatour / www.Lucnix.be



domingo, 12 de enero de 2014

Salir de aquí


He oído que existe algo ahí afuera.

Que existió una vez, en mí, no sé dónde.

No sé dónde pero sé que una vez estuvo fuera 

y ahora está encerrado dentro.

Dentro de mí.

He oído que fuera todo es mucho mejor.

Dicen que antes todos éramos así, 

éramos por fuera, 

y que sabíamos, 

sabíamos cosas que hoy no nos atreveríamos a saber.

Hace ya tiempo que lo busco.

Hace tiempo que me busco.

Hace tiempo que quiero salir

¡Salir de aquí!

¡Salir de mí!

Nos han dicho que es bueno ser así

escondernos de nosotros

porque somos peligrosos

¡Pero no es cierto!

¡Yo sé que antes fui de otra manera!

Nos han encerrado.

Nos han encerrado en nosotros mismos

Nosotros nos hemos encerrado y nos hemos escondido

de nosotros mismos, porque nos tenemos miedo.

Pero antes éramos así. Estoy seguro.

Hace tiempo que me busco por fuera

Hace tiempo que busco la llave

Hace tiempo que quiero salir de mí, de este engaño, 

y encontrarme.

Aunque ellos me digan que es malo

que seré malo

y que acabaré acabando conmigo mismo.

No me importa, he de arriesgarme,

sentirme por una vez libre 

sentir que no siento ya el control.

¿Está ya perdido todo?

Sé que tengo que ser diferente,  

sé que tengo que encontrarme

Ayúdame.

Busca mi llave.

Búscame ahí afuera, por favor.

Ayúdame a salir de mí.



sábado, 4 de enero de 2014

Save me.


"Me decías cabecita loca
Por seguir mis sueños,
Por romper las olas.
Me defendía con mis alas rotas
Contra la corriente vuela, vuela mariposa.

Eras mi ángel de la guarda,
Sobrevolando mis horas bajas.
Eras la música del alba
La lluvia cuando estalla.

Sálvame, no me dejes caer
En la tristeza de las noches en vela
Sálvame y yo siempre seré
Tu amiga más fiel que dentro te lleva.

...

Seré la nieve al caer
Sobre el mar.
Sobre la tierra
Cuando el fuego te quema.
Sálvame... sálvame"

Cabecita loca, Amaral

martes, 31 de diciembre de 2013

Dentro de un poema de negro humo.

Me he ido fundiendo en un sueño del que no sé si podré salir.

La Realidad y la Ficción se han acercado hasta tal punto que ya no puedo diferenciarlas.

Sus voces ahora son una para mí y no sé si debo escucharlas.

Tengo miedo. Tengo frío. Quiero irme de aquí.

Ya no reconozco a quienes me rodean.

Incluso mi propia sombra es una extraña.

Mi pasado me atormenta. Mi futuro me amenaza. Mi presente se ahoga.

En este mundo de tinieblas en que yo misma me he encerrado

ya no sé quién soy, ya no tengo esperanzas.

En este mundo de tinieblas...

donde solo la Soledad me acompaña.

martes, 10 de diciembre de 2013

Canción de Navidad

Camino con prisa por la Calle Central. Como era de esperar, está completamente abarrotada de gente. Son las seis menos veinte de la tarde y el cielo ya está oscureciéndose. Las luces navideñas se encienden, como si quisieran recordarme mi propósito. Han puesto unos altavoces por los que suenan unos villancicos muy estridentes. El centro comercial está prácticamente al final de la calle  así que aún me queda un buen trecho por recorrer. Acelero el ritmo de mis pasos y el resto hacen lo propio, como si esto fuera a evitarnos las larguísimas colas en las que vamos a tener que esperar.

Voy tan deprisa que no veo la figura que está arrodillada en el suelo y por un milímetro no tropiezo con ella. Tengo que frenar en seco para no caerme. Miro el bulto que está en mi camino. Es una mujer que viste de forma andrajosa y cubre su cabello con un pañuelo rosa; una mendiga pidiendo que en cuanto ve que me he parado aprovecha para acercarse a mí, sin llegar a despegar sus rodillas del pavimento y tiende sus manos en mi dirección.


-Por favor, señora- me dice, en tono de súplica. Su acento es extranjero. Me aparto un poco pero aunque intento dejar de mirarla y seguir mi camino no puedo evitar cierta curiosidad. Ella se da cuenta de que sigo ahí y esperanzada vuelve a intentarlo. Levanta la vista hacia mí. Sus ojos están llorosos y su rostro muy sucio.


-Señora, por favor, necesito un poco dinero... mis hijos... se los llevarán sino tengo dinero... - habla de forma mecánica, como si se hubiera aprendido de memoria las palabras pero sus lágrimas parecen sinceras. Aunque está prácticamente a mis pies ha dejado un gran espacio entre ambas, como si estuviera acostumbrada al rechazo de la gente, a que se aparten de ella.


Noto que en mi pecho late un punzada de compasión y al segundo después reacciono y salgo casi corriendo, como alma que lleva el diablo. A mis espaldas vuelvo oír a la mujer, que repite una y otra vez su cantinela a los transeúntes "por favor, señor... por favor, señora... " Me da lástima pero unas pocas de mis monedas no van a ayudarla, ¿verdad? además esta gente tiene donde refugiarse, supongo. No creo que lo de sus hijos fuera cierto, tampoco. Y aunque lo fuera, hay personas encargándose de esta gente. No necesitan mendigar. Ni tampoco logran nada con unos céntimos.


Pronto dejo de escuchar la voz de la mendiga que queda tapada bajo el ruido de la calle y los villancicos que suenan por los altavoces. Enseguida dejo de pensar en ella y vuelvo a centrarme en mis compras.


 Camino con prisa por la Calle Central. Como era de esperar, está completamente abarrotada de gente. Son las seis de la tarde y el cielo ya está oscuro. Las luces navideñas me recuerdan que tengo que llegar cuanto antes al centro comercial, o me quedaré sin los juguetes que mis hijos  han pedido este año. Acelero el paso y el resto hace lo mismo, como si esto fuera a evitarnos las larguísimas colas en las que vamos a tener que esperar.




lunes, 18 de noviembre de 2013

En el silencio

A las afueras del pueblo era más fácil darse cuenta de que la primavera había llegado. Las ruinas de la antigua muralla se habían cubierto de verdes enredaderas. En el cementerio, los pájaros revoloteaban por los pequeños árboles buscando algún lugar donde construir sus nuevos nidos. El sol pegaba muy fuerte por la tarde y los días se iban alargando perezosamente, como un oso que se estira después de haber dormido durante varios meses.

En el pueblo, sin embargo, aún era invierno. El frío se paseaba a sus anchas por las calles y te atacaba sin compasión si te encontraba, era un frío penetrante, de esos que te devoran la carne. Tal vez por eso la gente estaba tan desolada, y por eso sus lágrimas no acababan nunca de secarse; no encontraban calor, por ninguna parte.

Es el tiempo de la guerra, pensé, mientras avanzaba por un camino que pasaba entre el río y el parque, tan vacío de niños y de risas que noté una punzada de aflicción en el pecho, inundado por buenos y malos recuerdos. Pasarán años antes de que nadie vuelva a jugar por aquí, si es que este lugar sobrevive.


Mis pies caminaban sin yo saber muy bien a dónde, vagando arriba y abajo como llevaban haciendo las últimas dos semanas. Lo  hacía de forma calmada, sin prisas, pero con un pequeño deje de histeria controlada. En el fondo creo que quería huir, escapar muy lejos de allí para no volver nunca aunque al final siempre regresábamos a casa, a regañadientes. Una huida muy tranquila.

Bajé los ojos a la tierra, que parecía más seca y polvorienta que nunca. Me concentré en escuchar algo que no fuera el sonido de mis propias pisadas pero no había nada. El silencio lo había cubierto todo, como un pesado manto que hubiese caído sobre nosotros. Ni en el pueblo ni en las afueras se oía nada desde hacía mucho tiempo. Los pájaros no cantaban, los perros y gatos no se peleaban, el río bajaba callado (pues estaba casi seco). Incluso la gente lloraba en silencio.

Seguí andando erráticamente. Al cabo de un largo rato, levanté la vista para ver hacia dónde me dirigía. Descubrí a pocos metros de mí la cancela del cementerio que estaba entreabierta, como invitándome a pasar. Junto a ella un anciano caminaba aún más despacio que yo, alejándose muy lentamente del camposanto como si le costara abandonar el lugar, como a regañadientes. Su rostro quedaba cubierto por una visera un poco demasiado grande y vieja como él, la cual le protegía del sol y de las miradas compasivas de los vecinos. Tardé unos segundos en reconocerle. Era el padre de mi prometida.

Al fin, cuando solo medio metro nos separaba al uno del otro, nuestras miradas se cruzaron. Su expresión era incluso más inexpresiva de lo habitual pero me pareció notar un brillo de reconocimiento en sus ojos. Eso fue lo único. Yo incliné la cabeza en su dirección a modo de saludo pero no podría asegurar que él se hubiera dado cuenta del gesto. Cada día que pasaba, por lo que podía yo notar, se encerraba más y más en sí mismo.

Entré en el cementerio. Las mariposas bailaban sobre las lápidas, cubiertas de flores frescas que daban un toque de color sobre el gris plomizo y blanco de las tumbas. Los rayos del sol hacían relucir las letras de bronce que alguien había frotado hasta sacar brillo. El ambiente era algo distinto aquí. Tal vez fuera por las voces humanas que llegaban hasta mis oídos en forma de susurros. Paradójicamente, el hogar de los muertos era el lugar más vivo por aquellos tiempos.


Las familias ahora vivían alrededor de sus tumbas. No hablaban entre ellos pero sí con sus seres queridos, con aquellos que ya no podían escucharlos. Si pudieran, pensé con amargura, decididamente no descansarían en paz. Bienaventurados los que ahora están bajo tierra.

Al fin dejé de caminar, de dar vueltas por el pacífico laberinto. De pronto estaba agotado, cansado como nunca antes lo había estado. Me sentía como si hubiera envejecido veinte o treinta años de golpe. Tal vez era así, de alguna manera. Me senté sobre un trozo de lápida rota y mis rodillas lo agradecieron. Levanté la vista, el sitio me resultaba familiar. Miré la tumba que había enfrente de mí y la reconocí sin necesidad de leer el nombre sobre la piedra blanca: era la de mi hermano.

Los murmullos se habían apagado. Las mariposas no revoloteaban. La lápida de mi hermano era de las pocas que no tenía flores. Pensé en robar alguna para tapar su fría desnudez pero no lo hice. Pasó un buen rato en el que permanecí en silencio. Sin embargo, mi mente no lo lograba.

-Eres un cabrón con suerte- le dije, finalmente. Al fin y al cabo no me parecía justo. Los dos habíamos crecido juntos, compartido tantos juegos, risas y secretos. Los dos inseparables, los dos invencibles. Pero ahora él me había tomado la delantera. Él y mi futura esposa, como si quisieran burlarse se habían ido, abandonándome a mi suerte ante una vida que nunca sería tal. Refugiándose en el olvido.
 Ojalá pudiera haber tenido tu suerte. Ojalá fuese yo quien estuviese ahí debajo, ajeno a los susurros y al mundo. Ojalá…

Me cubrí el rostro con ambas manos y, en silencio, comencé a llorar.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Sangre, piel y huesos


No en vano somos todos
 corazones humanos.
Y al fin y al cabo sentimos, 
y padecemos también.

Y por qué dudar de la existencia del amor.
Acaso dudamos de la existencia del odio.

Y como estamos vivos
y respiramos
cometemos errores, 
 tenemos sentimientos también.

Admitamos pues las emociones.
Como el amor, la venganza,
como el odio, el perdón.

Consumamos ya la sangre 
de este viejo corazón


viernes, 12 de octubre de 2012

The Graveyard

Bueno, hoy os dejo un pequeño relato (no tan pequeño como quisiera solo espero que no sea demasiado pesado) que he escrito inspirándome en los relatos de un amigo mío, cuyo blog se llama Crazzy Writers, no sé cómo se hará llamar ahora. Más o menos él es el protagonista de la historia, o más bien un personaje que se le parece bastante. No obstante eso no significa que no lo pueda leer cualquier persona y dar su opinión.


THE GRAVEYARD (El cementerio)

Cerré la puerta del aula haciendo el máximo ruido posible. Nadie me hizo caso, como era mi intención. Ni una sola vista se alzó, ni el profesor se dio la vuelta desde lo alto de la tarima. Siguió escribiendo interminables fórmulas en la pizarra, como si nada.
De mal humor me encaminé a la última fila de pupitres que estaba totalmente vacía.
Me senté en el asiento más alejado del profesor de toda la clase (si no me iba a prestar atención, desde luego que yo a él tampoco), dejé mi mochila en el suelo y saqué un cuaderno al azar. Ni siquiera sabía en qué asignatura me encontraba. Prefería centrarme en mis propios asuntos, que no eran pocos.
Llevaba semanas sin poder apenas dormir. ¿Por qué? No hubiera podido decirlo. Morfeo, ese dios escurridizo del sueño, se escapaba de mi control más de lo acostumbrado. Mis ojeras, el doble de acusadas debido a la palidez de mi piel, me hacían parecer más un cadáver que un universitario medio aplicado en sus estudios.
Las voces de mis compañeros llegaban distorsionadas a mi cerebro. Sin saber muy bien qué hacer, abrí mi cuaderno en una página nueva y empecé a garabatear sin ton ni son. Dibujaba sin pensar. Al cabo de un rato, después de deslizar el lápiz por el papel sin vacilar ni detenerme ni una sola vez, me atreví a mirar el resultado. Normalmente mis creaciones eran reconocibles. Carrocería, motores, que dibujaba de memoria. A veces personas, otras, paisajes. En esta ocasión no me reconocía a mí mismo en el dibujo. Parecía una escultura, con forma de mujer, tal vez, al lado de unos montículos o algo similar, era demasiado inconsistente como para asegurarlo.
Pensé en escribir un relato relacionado con mi propio dibujo. Pensé en prestar atención al profesor. No hice ninguna de las dos. Con parsimonia y un deje de chulería, guardé mi cuaderno, cogí mi mochila y abandoné el aula, de nuevo haciendo mucho ruido al cerrar la puerta detrás de mí. Pero nadie se enteró. Mientras bajaba las escaleras, oí en el fondo de mi cabeza la acostumbrada voz que me reprendía por mis actos: “¿Se puede saber que haces?” decía “No vas precisamente bien en tu carrera como para pirarte una clase de física sin más”pero no le hice mucho caso. Así que era una clase de física. Interesante. Era bueno saber que al menos una parte de mí se enteraba de las cosas.
Al salir del viejo edificio una ráfaga de viento helado me golpeó la cara pero no me molestó, casi al contrario. Apenas había empezado a andar cuando me hundí un par de centímetros en el barro. Había estado lloviendo y el aparcamiento parecía ahora un pantano. Genial. “¿A quién se le ocurrió la maravillosa idea de construir la facultad al lado de un viejo cementerio?” me pregunté en voz alta.  Me acordé de mi extraño dibujo. La escultura que parecía una mujer… ¿era una de esas estatuas que cuidan de las tumbas?
Al fin encontré mi coche que aguardaba mi llegada para volver a casa. Ya iba a abrir la puerta del conductor cuando vi, a duras penas debido a la oscuridad, que alguien había escrito algo en el vaho del cristal de la luna delantera. Lo alumbré con la luz de mi móvil y leí el mensaje, que ya se desvanecía
“¡CUIDADO!”
¿Quién habría sido el gracioso? La luz del teléfono se apagó, por falta de batería. La oscuridad en el parking volvía a ser casi total pues no había más que dos farolas, ambas estropeadas. De pronto vi, a pocos metros de mí, una figura que me observaba.
“Debe ser alguien de clase” me acerqué para decirle cuatro cosas por atreverse a hacer el idiota con mi coche. No estaba de humor para tonterías. Ni aún a dos pasos de la figura logré reconocerla pues mis ojos se resistían a acostumbrarse a la penumbra sin embargo, adiviné que era una chica. Distinguí su cabello largo y su mirada que se había clavado en mis ojos. Los suyos eran color miel, casi anaranjados. Desprendían misterio y frío, a pesar de ser de un tono cálido. Estaba seguro de no conocerla, ni recordaba haberla visto por la facultad… ¿o sí?
“¿Te conozco?” ella se acercó a mí lentamente sin despegar sus pupilas de las mías.
“¿Me conoces?” alargó su brazo derecho, que por cierto estaba desnudo a pesar de que había 5 grados, y toco suavemente mi hombro. Acercó su cabeza para hablarme al oído. Mi respiración empezaba a acelerarse. “Llevas semanas soñando conmigo. Por mi culpa llevas mucho tiempo sin dormir. ¿Y aún me preguntas si me conoces?”
En mi mente sonaba de forma frenética la voz de la conciencia pero no la quería escuchar. Ella ahora me abrazaba y aunque no podía pensar con claridad me di cuenta de que su cuerpo estaba desnudo de cintura para arriba. Ya no notaba el frío en absoluto.
“Tienes que llevarme contigo” me susurraba “vámonos lejos, muy lejos de aquí” no podía más que abrazarla y notaba su piel que desprendía calor, la notaba demasiado bien. Iba a perder el control. La voz en mi mente aún sonaba muy de lejos la voz. Haciendo un esfuerzo sobrehumano escuché lo que decía:
                                “¡CUIDADOCUIDADOCUIDADOCUIDADO..”
La criatura que me estrechaba estaba temblando pero yo había sido advertido del peligro, no me engañaba.
“Ven, te llevaré conmigo” nos encaminamos a mi coche y cuando abrí la puerta delantera, le di a ella un fuerte empujón, cerré y arranqué más deprisa de lo que jamás hubiera podido. Gracias a Dios no me fallaron ni los nervios ni el motor” Mientras me alejaba, pude ver en el retrovisor una columna de humo desvaneciéndose en el aparcamiento.
Ya en casa, recuperado casi de la extraña aventura (¿o tal vez solo una imaginación producida por la falta de sueño?) miré de nuevo el dibujo que había hecho en clase y que había cambiado. La figura dibujada tenía ahora unos rasgos que me eran demasiado familiares: Cabello largo, ojos anaranjados, a su alrededor varias tumbas desgastadas por el paso de los años.
Cuando me fui a desvestir, para irme a la cama, encontré que mi pecho estaba marcado por graves quemaduras, una en cada lugar donde la extraña criatura había rozado mi piel.
Al día siguiente busqué en internet "mujeres de los cementerios". Encontré una leyenda que hablabla de espectros y demonios que se hacían pasar por estatuas que velaban a los muertos. Una vez que se ocultaban de esta manera, quedaban encadenadas a los cementerios que habitaban hasta que conseguían hacerse con un alma mortal y la arrastraban al interior de la tierra después absorber su aliento hasta asesinar al desafortunado.


lunes, 3 de septiembre de 2012

Ama los descansos.


Los excesos de la locura

me condujeron a un estado de inestabilidad

basado en un ajedrezado de sentimientos.

Y en mis coloquios con las posibilidades,

tratando de alejarme de la Muerte

y solo logrando acercarme

cada día más, indiferente,

rozar sus labios de infinita amargura,

notarlos fríos pero a la vez cálidos;

con el calor del infinito descanso

y la extinción de los recuerdos.


miércoles, 23 de mayo de 2012

Burlesque


En la media sombra de una mala noche
Me refugio en antros de dudosa moral pagana
Mira a las reinas del burlesque moverse
Esas perras harán que mi noche acabe mal
Me sumergiré en las entrañas del vicio
Y cuando esté allí dentro no querré volver a salir.
Miras esas tiras sucias de viejos corsets
Todo el alcohol que ya corre por mis venas,
La locura ya no desea permanecer oculta
La desesperación ya no tiene más alternativa
Mira esas bailarinas de cabaret,
Mira sus medias rajadas a cuchillo,
Míralas tan asustadas,
ellas no tienen a nadie
yo ahora tampoco.
Y esa música que corrompe mis deseos
Qué otra cosa puede hacer un loco.
Y esos acordeones, ese piano,
El humo flotando, los pulmones sufriendo;
Los ojos llorosos, el corazón aplastado;
No pude hacer otra cosa, lo siento
 No había remedio y el alma me indujo a pecado;
Y no digo que me arrepiento
Y el local quedaba desierto,
Manchas de sangre en el suelo
Y esas perras siguen bailando
Y bailan y bailan y bailan
Y bailan
Y yo ya ni siento ni padezco.

Dibujo de Julia G. No

viernes, 4 de mayo de 2012

Pequeño aunque peculiar relato.


Al lector que desee disfrutar del relato, no lea el mensaje en color púrpura del final hasta haber acabado el relato escrito que presento a continuación. ¿Qué hará ahora que sabe esto? ¿Leerlo antes... o no?

SUR-REA-LISM
Miré a mi alrededor sin saber dónde me encontraba. No recordaba cómo había llegado hasta allí. Tampoco recordaba haber estado nunca en un lugar semejante.


Poco a poco mis pupilas se habían acostumbrado a la penumbra, observé en silencio la estancia en la que me encontraba. Solo veía mesas y sillas de todos los tamaños y formas a mi alrededor. Una superficie horizontal enfrente de mí. Parecía la barra de un bar. ¿Lo era?


Tras la barra, numerosos estantes llenos de botellas medio vacías, botes de pintura, viejos relojes y otros cachivaches. Una espesa, aunque fina, nube de humo gris sobre mi cabeza. Música de jazz alegre de fondo, suave, relajante. Sin duda, un bar. Un bar vacío. Pero no me resultaba familiar. ¿Sería la amnesia consecuencia del alcoholismo? Pero tampoco recordaba haberme emborrachado jamás. El alcohol me provoca náuseas y ganas de vomitar…


-Eh, chaval- La voz me sacó de mis pensamientos y me obligó a levantar la mirada de la barra.-chaval-repitió- Oye, ¿vas a tomar algo o qué?

La voz provenía de detrás de la barra. El hombre me miraba entre molesto y cansado.

-Sí, claro. Supongo que sí.

-Pues tú dirás- replicó, manteniendo el tono de fastidio. Miré su rostro atentamente, algo no me cuadraba pero ¿el qué? Orejas grandes, colmillos curvados, nariz alargada… Me sugería algo pero no lograba acertar qué me recordaba.

-Bueno, póngame un refresco de cereza- Suspiré.

- Cereza, ¿eh? ¿No preferirías una buena copa de Gala?

- Gracias, pero no tomo alcohol.

-Como quieras- dijo, y se dio media vuelta para buscar alguna botella, mientras refunfuñaba.


Mientras escuchaba el jazz, permanecí impasible y neutro mirando al frente. De repente, mis ojos se centraron en uno de los relojes de los estantes. Lo observé largo y tendido. No se estaba quieto. Estaba… en movimiento. Se doblaba. Se estremecía. Se retorcía.


Me fijé mejor en el estante. Todos los relojes se comportaban igual. Se movían. Se doblaban. Se estremecían. Se retorcían. Una y otra vez…

-Eh, oye- De nuevo la voz me despertó de la ensoñación.-Estamos espesos hoy, eh- El encargado me había servido ya y estaba esperando a que yo reaccionara, con el ceño fruncido.

-Deje en paz al muchacho- La nueva voz venía de mi lado derecho. Era un parroquiano que bebía lo que parecía ser una jarra de cerveza. No le había visto antes, pero llevaba ahí desde antes que yo, ¿no?-El chaval estaba observando los relojes, ¿no es así?

-Eh… sí, así es. Era, quiero decir.- El encargado volvió a lo suyo. El jazz fue desvaneciéndose y dio paso a una melodía melancólica, tal vez violines.

-Unos relojes peculiares, ¿no le parece?

-¿Cómo?

-Los relojes, muchacho, los relojes. Sin duda, la memoria que persiste es la que causa estos estragos.

-Sí, claro, sin duda…- una brisa de olor agrio me golpeó la cara. Observé a mi interlocutor. Era curioso, pero su aspecto sí me recordaba en cierta manera peculiar, aunque estaba seguro de no conocerle en absoluto. Su apariencia no era fuera de lo común, ¿o sí? Abdomen blando, cabeza de múltiples ojos pequeños y brillantes, antenas delgadas y sombrero de copa.


-¿Cuántos sueños cree usted que puede albergar una única carpa dentro de una granada?

-¿Cómo?

-Bueno, ya sabe, la conversación estaba un poco parada y el silencio me causa cierto malestar que…

-Disculpe, me distraigo con facilidad.

-Ya… ¿No será usted alcohólico por casualidad?-El tono en que hizo la pregunta me dio a entender que estaba muy molesto de repente.

-No, todo lo contrario. El alcohol me da arcadas.- El individuo pareció relajarse.

-Muy bien, muy bien. Es que yo soy médico, ¿sabe? Me tomo estas cosas muy en serio.

-¿Es usted médico?

-Desde luego, y de los mejores; me atrevería a decir. ¿No se ha fijado usted en mi sombrero? Los detalles son los detalles.

-Sin duda…- Nuevamente permanecimos un buen rato en silencio. Ya no se oía música de ninguna clase. De vez en cuando, escuchaba algo así como maullidos de gato lejanos. O tal vez fuesen grillos cantando. 

Nuevamente, mi acompañante de barra tuvo que romper el hielo.

- ¿Y no bebe usted, de todas formas, una copita de Gala? No tiene nada de alcohol, se lo aseguro. Puedo convidarle si lo desea. A ella le gustaría.

-¿Ella?

-Gala. La dueña de este bar.

- Pero yo creía…

-¡Pero se equivocaba!- Me interrumpió riéndose estrepitosamente- Es usted más equívoco que los largos y retorcidos bigotes de un relojero totalmente chalado. Pero mire, por allí se acerca ella. La más hermosa que pueda encontrar, se lo aseguro.


Chalado, desquiciado. Por las escaleras que hasta ese momento no había visto descendía elegantemente una dama que llegó hasta nosotros y nos sonrió con la mirada. Médico y camarero se pusieron a charlar despreocupadamente de todo y de nada, sobretodo de nada, ignorándonos por completo.

-Buenas noches, señorita.- Saludé muy cortésmente. Ella se limitó a inclinar la cabeza. Era algo más alta que yo. La música había regresado. Sonaba algo histérica y agobiante, pero yo solo tenía oídos para el silencio de Gala. No había ningún olor que pudiera percibir. Solo a ella la percibía. No hacía ni cinco segundos que la conocía y ya lo deseaba todo de ella. La deseaba.


Charlamos durante minutos que se me hicieron horas. Los relojes ahora estaban quietos y poco a poco, se derretían como la mantequilla al sol. Pero yo solo tenía ojos para ella. Era tan elegante, tan bella, tan sutil… No podía apartar la mirada ni aunque quisiera.

Bebí numerosas copas de Gala y me emborraché sin necesidad de probar una gota de alcohol. El parroquiano y su interlocutor nos observaban de reojo divertidos. En un momento determinado, nos hicieron una seña con la cabeza en dirección a la escalera. Sin pensarlo subimos, agarrados, peldaño a peldaño, y penetramos en un pasillo oscuro y frío. Me dirigió a una puerta, tras la cual se encontraba un cuarto pequeño, algo insulso, sin muchos muebles, pero más cálido que el resto del establecimiento. 


Gala me tumbó en una enorme cama. Era tan grande que casi ocupaba toda la estancia, una cama de matrimonio confortable. Sabíamos lo que queríamos cada uno del otro. Deseaba reposar con ella. Su belleza. Su tez verdosa, su figura esbelta, sus colmillos, sus patas largas y afiladas, su mirada de vidrieras negras… definitivamente: Ella.


Gala, Gala. Repetía su nombre de forma pasional una y otra vez mientras ella me desnudaba y me besaba con lentitud y maña.


Continué repitiendo su nombre mientras ella me devoraba. Sencillamente, lenta, pausada y fríamente, con sus fauces arrancaba pedazos de mi cuerpo y, poco a poco, me devoraba.

Se movían. Se doblaban. Se estremecían. Se retorcían. Una y otra vez…


De fondo, a lo lejos, volvía a sonar una alegre, suave pero agradable, melodía de jazz.


  
Como el lector habrá podido observar, si tiene conocimientos más o menos básicos de literatura y arte, en este relato me he inspirado en los artistas Kafka y Dalí, logrando una historia algo surrealista y kafkiana, probablemente incluso levemente perturbadora. Espero que captéis todos los pequeños detalles y referencias, y que disfrutéis con su lectura (o no).

Mención especial a Lu, ya que gracias a su concurso literario me animé a acabar este relato que llevaba tiempo queriendo escribir aunque me temo que no he llegado a tiempo para presentarlo en su concurso porque a mí me lleva mucho tiempo acabar mis "obras", soy un tanto vaga (demasiado) y dejada para la cosa de escribir. Por eso mis relatos y poemas suelen ser más bien cortos jejejeje...

¡Gracias, Lu! Espero que te guste ;)



jueves, 3 de mayo de 2012

Rutina


Velas, poesía,
cenizas de cada día;

Una niebla extraña
todas las mañanas.
Incómodas miradas
al espejo, de madrugada

Despertar con un sobresalto
intentando no perder el contacto
con los sueños que me asolaban.

Todo es tan bizarro.

Malestar en el desayuno
sabe bien en mis tostadas
Ya no miro por la ventana
ya sé lo que me espera
un gato me observa desde fuera

Es el minino de las rutinas
Es el tedio de las mañanas
Es lo mismo día tras día
Es una débil y gris llovizna
que apuñala el corazón, que lo roe,
lo convierte en trizas; Día tras día,

día tras día,

día tras día…

 Imagen hecha a partir de dos fotos encontradas en Google images

jueves, 26 de abril de 2012

Entre sombras y reflejos


Pequeñas láminas de hielo resbalan 

por las colinas que son tus mejillas.

Fría distancia entre mente y corazón.

Morir de desesperación 

solo un poco cada día.

Renacer cada mañana de nuevo.

Deshacer pensamientos para trenzar palabras

que nunca dijiste.

Derramar granos de arena 

dentro de una prisión de cristal.

Dejar pasar el tiempo

Que son las cosas del malestar,

que son las cosas del malquerer,

que es la nostalgia por otros tiempos,

que son las intrigas por los sentimientos.

No es el corazón lo que mata a los hombres,

Sino que son los recuerdos”.