De una noche en calma,
surge tormenta de pasión.
Me ato a una sensación
como ato a un amante a la cama.
Nuestros alientos se hacen uno,
en el fuego de un dragón.
Aspiro tu calor profundo.
Mis pensamientos fundidos en humo.
Sé que olvidarte no puedo,
pues me impregnas de tu olor,
cada vez que coincidimos
bajo un mismo techo, los dos.
Fairy Oak
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lunes, 5 de enero de 2015
domingo, 2 de marzo de 2014
Poemas.
Noche de viernes.
Se reúnen los amigos de siempre. Bar de madrugada, las mismas viejas anécdotas de siempre, las mismas risas. Esta noche es un poco diferente. Cuando todos ya deciden irse, cambiar de local, dos deciden quedarse. Tienen cosas distintas de que hablar y prefieren decírselas a solas.
Ella y él.
Los demás se han ido. Pido otro vaso de vino dulce. Por un rato, no decimos nada. Escucho, a ratos, la música sin reconocer ninguna canción. Te noto algo distante. Al fin, decido dar el primer paso. Te pido que me recites un poema. Por tu mirada, sé que es lo que esperabas. te quedas callado, piensas un rato. Finalmente, sin ninguna introducción, comienzas. Tu voz sale algo temblorosa pero solo al principio. Aunque suave y profunda, haces los cambios de tono y volumen cuando hacen falta. No es un poema de amor. Es un poema de verdad. Acabas, ninguno de los dos dice nada.
Te pido que me recites todos tus poemas. Permaneces un rato mirándome a los ojos, dubitativo. Suspiras profundamente, bebes un poco más de vino y comienzas.
Él y ella.
Uno a uno, recito todos mis poemas para tí. Asombrosamente, me los sé todos de memoria. Apenas hago pausas entre uno y otro. Ninguno de mis poemas habla del amor ni del desamor. Te los recito solo para ti, aunque tú no me miras. Permaneces algo distante en actitud ensoñada. Es difícil saber si me estás escuchando en realidad. Sé que sí, en el fondo, tan solo es que es tu manera de ser. No sé si hay ya alguien mas aparte de nosotros en este bar, ni si es ya bastante tarde. Solo pienso en recitar, uno tras otro todos mis poemas.
Termino mi repertorio y ella no dice nada. Yo no digo nada. Hay un corto silencio, interrumpido por alguien que nos dice que el bar ya va a cerrar.
Ella y él.
Salimos del bar. Afuera ya está tan oscuro que casi parece que clarea. La calle es fría y solitaria porque no es un lugar por donde la gente suele salir. Nos preguntamos en voz alta dónde estarán los demás y luego vuelve el silencio. En realidad tampoco queremos reunirnos con ellos. Comenzamos a caminar, sin rumbo fijo. Nos limitamos a vagar en silencio por la vieja ciudad.
Él y ella.
Paseamos por aquí y por allá. No hablamos de nada y tampoco miramos a nadie. Existimos, y ya está. Paseamos por los lugares de siempre y también por lugares que nunca habíamos paseado. Nos recorremos la ciudad un par de veces paseando, sin prisa, sin hablar.
Al final nos detenemos en lo alto de un puente de piedra y nos quedamos mirando las luces lejanas de la vieja ciudad. Al cabo de un rato rompo el silencio y te pido un poema. Miras hacia otro lado, pero creo que he visto una fugaz sonrisa.
Pasa otro largo rato y finalmente, comienzas. Tu poema habla sobre caminos, recuerdos, mares, locura y silencio. Cuando acabas, ninguno de los dos dice nada.
La noche sobre la vieja ciudad está a punto de extinguirse. Los bares ya hace tiempo que han cerrado. Los maestros y las monjas ya hace rato que duermen sus últimos sueños. Pero en lo alto de un puente de piedra, aún quedan dos personas que se recitan mutuamente poemas.
Él y ella. Ella y él.
Se reúnen los amigos de siempre. Bar de madrugada, las mismas viejas anécdotas de siempre, las mismas risas. Esta noche es un poco diferente. Cuando todos ya deciden irse, cambiar de local, dos deciden quedarse. Tienen cosas distintas de que hablar y prefieren decírselas a solas.
Ella y él.
Los demás se han ido. Pido otro vaso de vino dulce. Por un rato, no decimos nada. Escucho, a ratos, la música sin reconocer ninguna canción. Te noto algo distante. Al fin, decido dar el primer paso. Te pido que me recites un poema. Por tu mirada, sé que es lo que esperabas. te quedas callado, piensas un rato. Finalmente, sin ninguna introducción, comienzas. Tu voz sale algo temblorosa pero solo al principio. Aunque suave y profunda, haces los cambios de tono y volumen cuando hacen falta. No es un poema de amor. Es un poema de verdad. Acabas, ninguno de los dos dice nada.
Te pido que me recites todos tus poemas. Permaneces un rato mirándome a los ojos, dubitativo. Suspiras profundamente, bebes un poco más de vino y comienzas.
Él y ella.
Uno a uno, recito todos mis poemas para tí. Asombrosamente, me los sé todos de memoria. Apenas hago pausas entre uno y otro. Ninguno de mis poemas habla del amor ni del desamor. Te los recito solo para ti, aunque tú no me miras. Permaneces algo distante en actitud ensoñada. Es difícil saber si me estás escuchando en realidad. Sé que sí, en el fondo, tan solo es que es tu manera de ser. No sé si hay ya alguien mas aparte de nosotros en este bar, ni si es ya bastante tarde. Solo pienso en recitar, uno tras otro todos mis poemas.
Termino mi repertorio y ella no dice nada. Yo no digo nada. Hay un corto silencio, interrumpido por alguien que nos dice que el bar ya va a cerrar.
Ella y él.
Salimos del bar. Afuera ya está tan oscuro que casi parece que clarea. La calle es fría y solitaria porque no es un lugar por donde la gente suele salir. Nos preguntamos en voz alta dónde estarán los demás y luego vuelve el silencio. En realidad tampoco queremos reunirnos con ellos. Comenzamos a caminar, sin rumbo fijo. Nos limitamos a vagar en silencio por la vieja ciudad.
Él y ella.
Paseamos por aquí y por allá. No hablamos de nada y tampoco miramos a nadie. Existimos, y ya está. Paseamos por los lugares de siempre y también por lugares que nunca habíamos paseado. Nos recorremos la ciudad un par de veces paseando, sin prisa, sin hablar.
Al final nos detenemos en lo alto de un puente de piedra y nos quedamos mirando las luces lejanas de la vieja ciudad. Al cabo de un rato rompo el silencio y te pido un poema. Miras hacia otro lado, pero creo que he visto una fugaz sonrisa.
Pasa otro largo rato y finalmente, comienzas. Tu poema habla sobre caminos, recuerdos, mares, locura y silencio. Cuando acabas, ninguno de los dos dice nada.
La noche sobre la vieja ciudad está a punto de extinguirse. Los bares ya hace tiempo que han cerrado. Los maestros y las monjas ya hace rato que duermen sus últimos sueños. Pero en lo alto de un puente de piedra, aún quedan dos personas que se recitan mutuamente poemas.
Él y ella. Ella y él.
lunes, 18 de noviembre de 2013
La explosión del orgasmo de un ego.
Se apagan las luces.
La oscuridad no es completa, pero se siente.
La música ha
comenzado. Es esa canción. Notas un
calor que conoces bien, demasiado, la
fuerza y la energía de la adrenalina.
La sala está llena de
gente pero no puede haber nadie más que tú.
¿Lo notas? El deseo de que todos te
miren, te admiren. Solamente a ti. Solo eres tú entre un montón de anónimos.
Te mueves a su ritmo,
la música fluye por tus venas. La inactividad es insoportable. Te mueves, giras,
bailas. Estás en el centro. Estás en todas partes. Ya no sabes dónde estás. Ya
no sabes lo que haces.
Has cerrado los ojos.
O tal vez no. Solo ves luces de colores y todo es demasiado rápido y borroso.
Los demás te ven, no pueden evitarlo, eres un destello demasiado luminoso como
para ignorarte. Un neón fuera de control. Una bola de fuego y a punto de
estallar.
Ya no hay forma de
parar.
Todos ellos. Te
desean. Todo. Te necesitan. Tu cabello se desmelena contigo. Tu sombra baila a
tu alrededor, intentando seguirte el ritmo, intentando hacerte sombra.
Estoy en el centro.
Soy el centro. El Universo se mueve alrededor de mí. Sigo moviéndome. Sigo
bailando. Respiro la música y soy incapaz de pararme.
Todos me miran, tienen
que mirarme. Mi pecho se hincha con aire caliente y energía. Soy un torbellino,
soy pura ebullición. El calor aumenta, y aumenta y aumenta… Si me tocas te
fundes al instante. Ardo como el propio fuego.
Miradme todos.
Queredme. Admiradme. Alabadme. Deseadme.
Me necesitáis y yo a
vosotros. El tiempo y el espacio ya no existen. La canción llega a sus últimas
notas.
Mi máxima expresión de todo antes de agonizar. Es la explosión del
orgasmo de un ego y una nube de humo negro sale de mí, se expande por la sala y
se aleja sin dejar rastro. Me he autoexorcizado. Y después, nada.
La música para y el
sueño poco a poco se desvanece.
De pronto eres consciente realmente de la gente
que te rodea. Nadie te estaba mirando y si lo hacían no con especial atención.
Nadie te desea. Nadie se ha fijado en ti. No bailas especialmente bien.
La
chispa de tus pupilas se va apagando a la vez que tu cuerpo se enfría.
Ahora buscas
esconderte en la sombra, fundirte con la pared en la oscuridad. Que nadie te
mire, que tu presencia pase desapercibida. Nadie te recordará, una noche menos,
una noche más.
Pero al menos lo has
hecho. Has sido. Has estado. Y los demás qué importan. Olvidemos una vez más
esta noche. Olvidemos.
martes, 1 de octubre de 2013
Tinta
Ella va
toda vestida de negro.
Un color fascinante, el negro.
Lo que me recuerda
una mancha de tinta.
Supongo que por eso me atrae.
La tinta es como un gato negro.
Mis escritos, del mismo color.
Olvida el azul.
-La estridencia del color es para los textos serios-
La verdadera literatura se viste de negro.
Apuñala el blanco papel,
manos manchadas de sangre negra.
Siempre es la noche contra el día,
la luz y la oscuridad;
como en los viejos tiempos.
lunes, 9 de abril de 2012
Obertura a la melancolía (escrito desde dos ventanas)
Escribo desde la soledad. A mi vista queda una gran ventana. Fuera es casi de noche, lo presiento en el horizonte. A pesar de ser viejas tardes de abril, aún huele el aire a frío de febreros. Miro a lo lejos. El cielo nos engaña, me doy cuenta de que es mar en realidad, su extensión inabarcable está bañada en tintes azules y violetas y sus olas tienen aspecto esponjoso y se llaman nubes. Contemplo y con tristeza comprendo la cantidad de personas que no pueden contemplar este maravilloso espectáculo. No se si compadecerlas o envidiarlas. En el fondo de sus almas, sé que lo prefieren así aunque no tengan ni idea; huir de la tristeza que provoca la visión de los paisajes bellos.
De repento me sorprendo filosofando. ¿Estaremos arriba o abajo? ¿Nos habremos siempre engañado pensando que correspondíamos a la tierra cuando es el cielo lo que habitamos? ¿Nos observarán las nubes buscando formas curiosas en nuestros cuerpos?
Hay una rara y particular belleza en los haces de luz que flotan en el cielo nocturno y no me refiero a las estrellas. Esas doncellas son un lujo no permitido entre los tejados de una ciudad. No. Me refiero a las ventanas iluminadas, diminutas partículas de vida flotando en un espacio casi a oscuras.
Ya está, ya es de noche. Ya solo una franja violeta intenso sobrevive al apócalipsis del día de hoy. Pero si me apuras, te diré que mañana puede ser un día mejor que el de ayer y así sucesivamente.
Hay una catedral que me está mirando. También la observo yo a ella, se trata de un enfrentamiento de miradas en el que yo soy la derrotada. Su mirada nunca parpadea. Considero que su iluminación deja que deseear pero no puedo objetar nada contra los gigantes de piedra que permanecen impasibles al paso de las eras. También me observa una calle y una carretera y una torre y semáforos y vías y persianas y vehículos y antenas y...
Y echo de menos estas vistas antes de haberme marchado, aunque no suela adelantar acontecimientos.
La visión siempre me evoca recuerdos. Se trata de un paisaje eterno con pequeñas modificaciones que, como los monumentos, permanece. No por eras centenarias, pero si por las eras que son mis días.
Una tras otra que forma toda una vida, que es la mía.
Me pregunto qué sería de mí si perdiera el sentido de la vista. Vería el Mundo de otra forma-no lo vería-miraría, pero no vería; en cambio podría ver mejor de otras maneras-on ne voit bien qu' avec le coeur. L'essentiel est invisible pour les yeux-.
Antes estaba mintiendo. Las estrellas sí pueden divisarse desde este pequeño rincón del Mundo-mi Rincón-.
Son preciosas. Son siempre las mismas. Permanecen. No eternamente. Son milenarias. O quién sabe. ¿Quién pregunta a las estrellas acerca de su vida? Yo no lo he hecho nunca. Según lo que dicen, si les formulase cualquier pregunta, no les llegaría hasta dentro de miles de años. Para aquel entonces yo no podría escuchar su respuesta. Esto lo sabemos todos, pero no perdemos la ilusión y seguimos contándoles nuestras confidencias, nuestros deseos. Y ellas nos escuchan, silenciosamente, a miles de años en la lejanía, pero a la vez tan cerca.
Ya es de noche, noche negra. Son las diez menos seis minutos. Solo queda una ilusión de luz que se extenguirá enseguida, cuando no esté mirando. Solo la contemplación del cielo nocturno llena cualquier pecho de poeta de emociones y sentimientos. Y asi hasta que irrumpa el amanecer de nuevo.
Este fragmento lo he escrito desde dos de las ventanas de mi casa, inspirandome en lo que veo a través de ellas por la noche. la foto que es puesto la he encontrado en Google y no se corresponde con lo que veo pero algún día haré una buena foto desde la ventana y la pondré :)
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