Fairy Oak

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lunes, 23 de diciembre de 2013

Paisaje de invierno.

Era de madrugada. De otra forma no podrías haberla visto. Aunque ni siquiera a estas horas ella se mostraba por completo. Simplemente, era menos arisca en ese momento del día, justo después del amanecer su frialdad se desvanecía casi del todo.

Junto al río prácticamente helado, el azul y el blanco dominan el paisaje. Los árboles que conservan sus hojas en esta estación han quedado cubiertos por un manto de escarcha, convertidos en gigantescas esculturas de hielo. El cielo está escondido tras la niebla, cuando se vaya se verán a lo lejos unas montañas nevadas.


Se oye al viento soplar, el hielo resquebrajarse, las hojas hundirse bajo el peso de la nieve, las suaves pisadas de un zorro blanco que madruga demasiado. Casi se puede oír la calmada respiración de la primavera, durmiendo bajo la tierra, esperando paciente su turno para regresar a los bosques.

Ella lo observa todo, en calma, desde la rama más alta de un abeto joven bajo el cual hay una madriguera de ardillas que aún no se han despertado. 

Contempla el invierno en toda su belleza y en todos sus matices, que solo ella sabe apreciarlos, solo ella puede entenderlos. Es el único momento de verdadera paz, solo ella y la Naturaleza. A su alrededor el frío se nota mucho más agudo y los copos de nieve se quedan congelados en el aire. Ella los recoge con cuidado y los usa para adornar su larga trenza.

Ella se funde con el paisaje, pues se diría que ambos son la misma cosa. Su cabello es largo, fino y muy quebradizo, frágil, blanco y suave, como algodón, pero también enmarañado como una tormenta de nieve. Su pálida piel brilla débilmente con luz propia; en su rostro destacan unos azules y eléctricos ojos cuya intensidad varía dependiendo de su estado de ánimo y del momento del día. Ahora, dirías que son un espejo que refleja el color de las aguas del río helado, mañana tal vez sean flores de nomeolvides, de un tono violeta.

Entonces llegas tú y su buen humor se rompe como cristal, en mil pedazos. A ella le gusta la soledad, el silencio, lo natural; desprecia a los seres humanos que son lo contrario, que son ruidosos representan el caos y desprenden calor, y hacen cosas crueles e incomprensibles.

Llegas tú, diciendo que te gusta el frío pero pretendiendo deshacer el hielo que te estorba para tu vida cotidiana, destruyendo delicados e irrepetibles dibujos que se han tejido durante la noche en la escarcha; pues la belleza que un alma insensible como la tuya es incapaz de ver. 

Dices que el invierno es tu estación favorita pero después con tus pasos y también los neumáticos de ese horrible artefacto, echas a perder su paz, su nieve, su paisaje, su madrugada, su único momento del día.

Y sus ojos se oscurecen y se apagan, su buen humor desaparece. Y ella desearía castigarte por eso, desearía que tu hielo no se derritiese nunca, que tus pies resbalasen, que tu coche rodase cuesta abajo hasta el agua. Ella desearía soplar en tu corazón hasta congelarlo por completo y hacerlo estallar sin compasión.

Pero no, no va a hacerlo. Así que simplemente cierra los ojos y su cuerpo comienza a desmoronarse, convirtiéndose en una ráfaga de pequeños copos de nieve; y se deja arrastrar por el viento, lejos de allí, a otro lugar. A otro solitario invierno. 

Y tú sigues a lo tuyo porque aunque era de madrugada y podrías haberla visto, no te has fijado. Porque quién tiene tiempo para preocuparse por la insignificante hada de invierno.




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